Por lo que hace o deja de hacer, más que por lo que es. Cabe pensar que no importaría mucho que un directivo fuera narcisista si también fuera eficaz, es decir, si consiguiera los resultados esperados; pero es que el narcisismo resta eficacia a corto y a largo plazo, y erosiona la calidad de vida en la empresa. De modo que estamos ante un trastorno peligroso que afecta al deseable tándem del rendimiento y la satisfacción profesional; estamos ante un trastorno que parece anunciar desastres. Diríase, improvisando, que lo más peligroso de un directivo narcisista es que:
* Tiene demasiado alterada su visión de la realidad.
* Mantiene inútilmente ocupada una parte importante de su atención.
* No es fácil establecer una comunicación auténtica con él.
* Ignora las reglas de todo tipo, incluida la ética.
* No es consciente de sus errores, no rectifica y no aprende.
* Se pierde la ayuda de la empatía, la intuición genuina y otros recursos.
* Es incapaz de lograr la activación emocional positiva de sus colaboradores.
* Da prioridad a sus intereses personales.
* Les ningunea, e hiere la dignidad de colegas y subordinados.
* Espanta a los clientes, salvo connivencias o complicidades.
* No se deja criticar ni aconsejar.
* Es incapaz de fijar objetivos realistas.
* Genera emociones negativas en su entorno.
* Suele huir hacia adelante.
* Propicia o asegura la mediocridad a su alrededor.
* Constituye una referencia contagiosa para los inmaduros.
* Practica castigos psicológicos a subordinados.
* A menudo resulta complicado retirarle el poder que administra.
Quizá el lector pueda añadir otros detalles, pero todo lo anterior, si estamos de acuerdo, obstaculiza la prosperidad de la organización y enrarece su clima. Al margen de la posible añadida corrupción –negligente o codiciosa– de magnitud diversa, si reflexionamos sobre la lista anterior, uno, sin poder evitarlo, sigue preguntándose por qué no se libran las organizaciones de estos peculiares directivos; ¿quizá porque la propia cultura de la organización los genera como efecto secundario? Por otra parte, merece comentario lo del clima de mediocridad militante que suele generar el narcisista como autoprotección: alguien que presentara ideas brillantes o innovadoras podría verse inmovilizado por los perros del hortelano. El narcisista no puede tolerar más brillos que los que él hace brillar; no puede celebrar éxitos que no sean suyos; tiene que ser el mejor, incluso cuando juega al tenis o al mus. Necesita, en suma, un entorno más mediocre que él.
También destacaría yo la ausencia de autocrítica y la quiebra del espíritu de comunidad; pero todo, en general, invita a malos presagios. Adicionalmente, en su afán de notoriedad, este directivo puede servirse de su puesto para formar parte de clubs, asociaciones y otras iniciativas en que nutra su hambriento ego. (Naturalmente, hay que precisar, aunque no haga falta, que el hecho de participar en iniciativas diversas no implica narcisismo; de acuerdo: no hacía falta decirlo). El eco que en esos foros encuentra el narcisista, puede estar más vinculado a su contribución material que a la intelectual, porque en seguida se deja conocer, y no sólo se delata a sí mismo, sino que puede desacreditar a la empresa que representa. Cabe insistir en que estamos ante una conducta trastornada que se produce en diferentes grados, pero el hecho es que entre sus síntomas figuran la falsedad, la arrogancia, el juicio temerario y la jactancia, todos muy visibles y sospechosos.
vía|Jose Enebral Fernandez
miércoles, 8 de octubre de 2008
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